Clase Río de la Plata: el sloop que llegó enterrado en carbón
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Clase Río de la Plata: el sloop que llegó enterrado en carbón

Dos sloops del escocés Alfred Mylne llegaron al país en 1909 escondidos en la carbonera de un buque. De ese cruce nació una clase que, un siglo después, sigue mandando en el estuario.

La historia de este sloop arranca tapada de carbón. Por los años de Bartolomé Mitre, una colonia británica reducida pero influyente afianzaba en el país sus rituales victorianos. Entre ellos, la vela deportiva.

El Yacht Club Río de la Plata nació en 1908 y enseguida quiso un barco propio: uno que sirviera de escuela de timoneles, crucero y regata. El encargo recayó en el comodoro Evelyn Rix, y la casualidad hizo el resto: estaba de visita por Buenos Aires John Hilditch, carpintero de Belfast (Irlanda del Norte), que captó lo que pedían estas aguas y, de vuelta en casa, le pasó el pedido al diseñador Alfred Mylne.

El 3 de mayo de 1909, Hilditch hizo correr los dos primeros cascos en una regata de prueba y los acomodó en la bodega de un carguero de la ruta del carbón. El 12 de octubre los bajaron tapados de hollín: eran el Aurora y el Brisa, a 900 pesos cada uno. Venían armados en pino amarillo con vivos de teca, pero esa madera no aguanta la humedad del estuario; tampoco las quillas ni los timones. Hubo que rehacer los dos cascos pioneros en cedro.

Medía 7,62 metros de cubierta —8,30 con el bauprés—, 2,03 de manga y 91 centímetros de calado con la orza arriba; con la orza pivotante de Mylne bajada, el calado trepa a 1,67 metros. El cockpit, de tres metros enteros, quedaba amplio para una tripulación de paseo; muchos terminaron cerrándolo con madera o lona para ganar habitabilidad.

El aparejo era Gunter, que en la jerga local quedó como guayra: 33,7 metros cuadrados de lona de algodón. Se armaron tres con ese aparejo y hoy queda uno solo. Décadas más tarde, el diseñador Germán J. Frers lo cambió por uno Bermuda, sin botalón.

El Yacht Club Argentino nunca la oficializó —la disparidad entre los cascos complicaba la equidad de las regatas—, y aun así la clase se afianzó.

El Yacht Club Río de la Plata había sumado dos unidades más, el Delta y el Euro, traídas de Irlanda al doble de precio; para no depender de afuera, montó su propio astillero y le pidió a José Martínez que copiara el Euro; de ahí en más, sería el constructor de la mayoría de los barcos de la clase. El Club Náutico San Isidro hizo lo mismo con el constructor José Parodi. Las diferencias entre ambas versiones obligaron a armar un comité de medición y a trazar el primer plano de la Federación Argentina de Yachting, encargado a Christian Riddel.

En 1922, la Federación les mandó un comunicado a los clubes: las únicas clases habilitadas para correr en sus regatas iban a ser la Colleen y la Río de la Plata, así que convenía armar las flotas con ellas. Esa decisión le dio el empujón final, y los clubes fundados entre 1896 y 1930 terminaron de crecer a su alrededor.

Con los años, la clase se repartió por la ribera. El Tigre Sailing Club (Tigre, Argentina) construyó en su varadero los dos primeros del Yacht Club Olivos (Olivos, Argentina) en 1929, el Cruz del Sur y el Boyero; la flota del Olivos llegaría a ocho cascos en su primera década. El Club Náutico San Isidro sumó tres ejemplares que todavía conserva, y el Club Náutico Buchardo (San Isidro, Argentina) recibió al Ibicuy y al Bermejo. Del lado uruguayo, el Yacht Club Punta del Este (Maldonado, Uruguay) corrió su primera regata de la clase en 1926, y el Matrero llegó a sus aguas en 1946; el Aurora y el Brisa, en tanto, integraron la flota del Nautilus Yachting Club (Montevideo, Uruguay). Hasta los años 50, fue la clase que más regatas movió en el Río de la Plata.

Boyero compitiendo en Olivos en 1930

Boyero, del Yacht Club Olivos, en regata en el Puerto de Olivos, mayo de 1930. Foto: Caras y Caretas.

En 2024, Punta del Este salió a rastrear cada casco sobreviviente: repatrió el Brisa y el Yamandú, y el 10 de enero de 2026 los hizo largar junto al Matrero en la Regata Seguros Sura, algo que no pasaba en cuatro décadas.

Al diseño lo retuvieron los clubes, cuatro generaciones de carpinteros y gente enamorada de él. Y así, sin que nadie lo decretara, el sloop se hizo del Río de la Plata. Más de un siglo después siguen ahí afuera, y todavía hacen girar cabezas: por las líneas, por el andar, por algo que no termina de nombrarse.

Agradecimientos

A David Gray, CEO de A. Mylne & Co., por el archivo del estudio y los planos del Diseño N° 166. A Martin y Bibi Cueto, por la ayuda en la redacción de esta nota.

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