Precio justo, ganancia justa: la historia de Jorge Heguilor y el velero más popular de la Argentina
Jorge Heguilor hacía guardabarros en un taller de Quilmes hasta que un casco podrido le cambió el rumbo. La historia del H20: más de 500 veleros, un manual con "consejos de abuela" y el casco 474 que llegó al casquete polar ártico.
H de Heguilor, 20 por los pies de eslora: así bautizó Jorge Heguilor al barco que le cambió la cara a la náutica del Río de la Plata. Detrás de ese nombre hay un taller de Quilmes (Argentina) que hacía guardabarros de autos, y que sin planos célebres ni padrinos en la industria terminó botando la flota más numerosa del estuario: más de 500 veleros que pusieron el río al alcance del empleado, del kiosquero y del dueño del taller de la esquina — gente para la que un barco propio era un lujo de otros —, y que medio siglo después siguen navegando por cientos entre las dos orillas.
La historia empieza en los primeros años setenta con un barco que se pudría. En el varadero del Club Náutico Quilmes — el mismo club al que Heguilor iba desde los diez años, cuando el río de Quilmes se llenaba de caravanas de camiones y los fines de semana eran una romería — se deshacía a la intemperie un casco de la clase Quilmes, un diseño del arquitecto naval estadounidense John Alden que los socios habían traído de Estados Unidos décadas atrás. El club lo vendía. Heguilor, que tenía un taller de plástico en el bajo, pagó 800 pesos: "era poca plata", recordaría medio siglo después. Lo dio vuelta en el taller, lo envolvió en espuma de poliuretano, lo forró en fibra de vidrio y lo desmoldó: de esa madera vencida sacó el molde de un barco nuevo. Modificó proa, popa y manga, le dio más francobordo —más casco sobre el agua— y le sumó una cabina de madera terciada enfibrada. Al resultado lo llamó Fog II, y en 1974 lo bautizó como corresponde: cruzando hasta la costa uruguaya. Había nacido el primer H20.

El Fog II, la matriz del H20, en una foto del archivo de ADAN.
La serie nació de un café. Una Semana Santa, Heguilor cruzó con su hijo a la Barra de San Juan (Uruguay) y se arrimó a los otros veleros para medirse: "andábamos muy bien, barco más liviano, aparejo más moderno que todos los demás". A la vuelta, un médico de Guernica (Argentina) lo invitó a tomar un café y le pidió uno igual. La primera respuesta fue puro Heguilor: que se lo hiciera él mismo — él llevaba dos años con el suyo. Pero se quedó pensando: casco y cubierta podía hacerlos. Fue hasta Guernica y le propuso un plan: juntar cuatro interesados más para hacer seis — uno para el médico, uno para él, cuatro para el resto. Los primeros cuatro que consultó dijeron que sí. Empezó haciendo un barco por mes, después dos, después cuatro; quince años de producción y más de 500 vendidos, según su propia cuenta, siempre fiel al lema: precio justo, ganancia justa. En "Clase H", el documental sobre su obra, un socio del club aún recuerda el fastidio que eso generó en el resto de la industria: ¿cómo podía ser que un barco hecho en un galpón de Quilmes, con "un dibujo de nadie", tuviera tanto éxito?

Heguilor conversa en el muelle del club, entre los mástiles. Fotograma del documental "Clase H".
El éxito tenía sus números, y están en los papeles del propio astillero: 6,13 metros de eslora total, 5,10 en flotación, 2,13 de manga, 0,95 de calado y un quillote —la quilla de acero con su bulbo de fundición— de 335 kilos. La publicidad lo anunciaba como "el barco ideal": cuatro cuchetas, mucho espacio, mucha seguridad. Y el diseño acompañaba la promesa: un mástil bajo, de 7,52 metros, noble para quien recién empieza, y una vela de proa amplia para no resignar velocidad. Los dueños le suman otra virtud: el espesor del laminado, muy superior al de otros veleros de su tamaño — se sigue hablando de cascos que pasaron décadas flotando en la amarra y salieron del agua impecables. "De plástico, es casi eterno. Por ahora no tiene fin", se escucha en el documental.
Del taller de la calle 25 de Mayo el barco salía en kit, y con él un manual mecanografiado de catorce páginas: "Instrucciones para el armado del H2O, el barco ideal". Ahí el astillero explicaba tornillo por tornillo cómo terminar el barco: qué sellador usar, cómo calzar el quillote sin accidentes ("ojo que si se le cae puede dolerle bastante"), cómo regular las velas citando al campeón danés Paul Elvström — y hasta unos "consejos de abuela" para la puesta a punto. Ese documento, que hoy circula escaneado entre los dueños de la clase, es el retrato más fiel del método Heguilor: no te vendían un barco terminado, te enseñaban a terminarlo.
De todos los H20, uno entró en la historia grande de la navegación: el casco número 474. Heguilor le hacía una tarjeta a cada cliente, y en el documental muestra la de Gerónimo Saint Martin, un estudiante de medicina de La Plata que bautizó a su barco "La India". Saint Martin zarpó el 10 de febrero de 1991 con un plan de dos meses; volvió nueve años y siete meses después. En el medio: la costa de Brasil, el Caribe y un mástil roto entre Islandia y Noruega — cuando un buque ruso acudió a rescatarlo, se negó a abandonar el barco: pidió agua, un baño y dos marineros que lo ayudaran a improvisar un mástil nuevo. En agosto de 1998 superó Spitsbergen (Noruega) y siguió hacia el norte hasta el casquete polar ártico, donde los hielos ya no lo dejaron avanzar: más de 80 grados de latitud, a nueve del Polo. El velero más pequeño del mundo en alcanzar esa latitud. A la vuelta tocó Ushuaia. Unió el Ártico con el fin del mundo en un barco de seis metros pensado para el Río de la Plata.
Medio siglo después, la clase sigue viva: tuvo asociación y reglamento desde 1976, corrió con clasificación propia en las regatas del estuario y en 2014 estrenó su Encuentro Nacional. En los foros náuticos lo resumen sin vueltas: hay cientos en el río y sigue siendo el más buscado — y el más cotizado — de los veleros de 20 pies.

La pluma del club iza un velero para su mantenimiento. Fotograma de "Clase H".
Heguilor murió en septiembre de 2022, a las puertas de los cien años. No se hizo rico con los barcos; en el club juran que nunca lo intentó. La prueba está en los H19, la versión escuela sin cabina que derivó del H20: se los vendía a los clubes prácticamente al costo — "trataba de no perder", admitía — y así el barco escuela de casi todo el país terminó siendo el suyo. Vivió lo suficiente para ver a la industria que se había burlado de su galpón quedarse sin argumentos, mientras aquel "dibujo de nadie" se convertía en el velero más popular de la Argentina. Cerca del final del documental lo dice él mismo, sin épica, con la voz tranquila de los que no le deben nada a nadie: "Veo los barcos, un H-20 o un 26 o un 19. Siento una satisfacción íntima. Para adentro, me siento muy contento". Ahí está todo: un hombre que se pasó la vida haciendo barcos para otros y que, mirando el río lleno de velas, supo que le sobraban los motivos para estar en paz. Los otros astilleros vendían barcos. Heguilor repartió el río. Detrás de cada H que todavía flamea en el estuario hay una familia que, sin él, quizás nunca hubiera navegado.
Para el que quiera uno
Hay un H20 en venta
De los más de 500 que se construyeron, hoy hay uno buscando nuevo dueño.
Aviso publicado en Mercado Libre. El Pampero no interviene en la operación.
Fuentes consultadas
- "Clase H" — documental de Pablo Landaburu (2024), con testimonio directo de Jorge Heguilor
- Manual original "Instrucciones para el armado del H2O" — Astilleros Heguilor (escaneo de la asociación Amigos H-20; el PDF está adjunto en esta nota)
- ADAN — "Reportaje a Jorge Heguilor: su primer barco, el Fog II"
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