Navegar en conserva: la fraternidad que achica el Río de la Plata
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Navegar en conserva: la fraternidad que achica el Río de la Plata

Mi primera travesía Buenos Aires – Colonia (Uruguay) junto a otros veleros. Una práctica que no es solo logística: es la prueba de que la fraternidad náutica es tan intrínseca al navegante como la libertad.

Aprendí a navegar en Colonia (Uruguay), donde cruzarse con otro velero navegando la mayoría de los días es una rareza. Para mí, salir al río muchas veces fue un acto casi íntimo, solitario. Unas velas, el viento y poco más alrededor. Esa fue mi escuela.

Velero al atardecer en aguas de Colonia (Uruguay)

El fin de semana pasado todo cambió. Crucé por primera vez el Río de la Plata en conserva, junto a otros barcos que partían de Buenos Aires rumbo a Colonia. A lo largo de la travesía me fui cruzando con varias velas del grupo: una a babor, otra un poco más adelante, alguna tripulación saludando al pasar. No era una multitud, pero alcanzaba para que el río dejara de sentirse vacío. Algo nuevo, después de años mirándolo en soledad.

Varios veleros navegando sobre el Río de la Plata

Ahí volvió la pregunta vieja: ¿de dónde sale la fraternidad náutica? Algunos dicen que es pura supervivencia, "ahí afuera solo está el otro", "hoy por ti, mañana por mí". No me alcanza esa explicación. Esa fraternidad parece algo más profundo, casi intrínseco al navegante, igual que la libertad. Quien elige el agua elige también una forma de mirar al de al lado.

La conserva es esa fraternidad organizada. Su mérito mayor no es práctico, aunque también lo sea: es haber logrado que la inmensidad del Río de la Plata se reduzca, que cada tripulación se sienta respaldada. La distancia deja de ser distancia cuando hay otro palo a la vista.

La fraternidad tampoco termina al amarrar: en puerto siempre hay alguien que ensancha amarras para guardarte lugar, otro que ayuda con la maniobra.

El sábado, después de caminar Colonia, todo el grupo se juntó alrededor de un asado: una mesa larga con más de cincuenta sillas, varias generaciones reunidas, una sobremesa que no quería terminar. Por unas horas, la conserva dejó de ser un grupo de barcos y se volvió una sola tripulación.

Sigo creyendo en la libertad como la primera promesa de la navegación. Pero después de este fin de semana entendí que no se contradice con el respaldo de los demás: se complementa con él. El río es enorme. En conserva, se achica.

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